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Estoy encelado (que no celoso)

// Enero 25th, 2009 // 2 Comments » // Vida Gatuna

Hola de nuevo, bípedos lectores:

De resultas de mi edad, 7 meses, y de la equivalencia entre meses felinos y años humanos, se llega fácilmente a la conclusión de que soy, día arriba, día abajo, un adolescente. Y, de la misma manera que os ocurre a vosotros, tengo las hormonas revolucionadas, borboteando en mis venas y acelerando mi pobre corazón.

Y como la parejita de humanos que me cobijan no tuvieron la idea de traerme a una preciosa gatita, de movimientos sensuales, sino a otro macho atigrado al que llaman Légolas, pues ya se pueden imaginar como ando.

No me pregunten por qué a mi hermanastro le han llamado así; lo mismo es porque es rubito, de orejas puntiagudas y un tanto asexuado. El tío es el más tranquilo del globo, y a veces cuesta diferenciarlo del resto de peluches con los que la humana abarrota la cama. Se echa a dormir, y así puede pasarse horas y horas, sin pestañear ni mover un bigote. Valiente compañero de juegos.

Mucho me temo que estos dos humanos están tramando algo al respecto de mi recién estrenada virilidad; les veo muy mimosos, y algo he oido sobre una visita al veterinario para la semana que viene. Mosqueado me tienen. Como se les ocurra castrarme, que se despidan de la cortina, de las toallas y de la Wii; ya me encargaré de no dejarles un cable sano, je jej je

Mascotas

// Diciembre 29th, 2008 // 10 Comments » // Vida Gatuna

¿Soy o no soy un gato guapo?

Hola de nuevo:

Es curioso eso que se dice que nosotros, los felinos, somos mascotas de vosotros, los humanos. Eso tiene muchísima gracia.

¿Y por qué?, te estarás preguntando; piénsalo un momentito. Yo, y como yo el resto de los gatos del globo, me levanto a la hora que me da la gana; a veces, antes que la parejita que paga la hipoteca de mi casa se despierte, y me pongo a saltar sobre la cama, exigiendo juegos, caricias y comida.  Y ojo con que no me hagan caso, que entonces me dedico a maullar, a revolcarme sobre la cama y a afilarme las uñas en el sofá.

Luego, tal y como se levantan, me rellenan el plato de la comida, el plato del agua, me acarician y me besan, recogen mis excrementos con una ridícula palita de plástico, me vuelven a acariciar y a rascar, y se van al trabajo.  Cuando vuelven a casa, lo primero que hacen no es soltar el abrigo o el bolso, que va, lo primero es buscarme para levantarme en brazos, como si yo hubiera ganado la Champions o me llamara José Tomás.

Y si me pongo enfermo… ohhh, queridos bípedos, entonces la cosa toma tintes dramáticos: me llevan corriendo al veterinario, me acuestan en su cama entre los dos, se pegan media noche sin poder cerrar los ojos…

Y todo esto, ¿a cambio de qué? De cuatro tonterías, que si rozarme contra sus piernas, o ronronearles cuando me rascan la barriga, chorradas que no cuestan nada.

Así que ahora dime, ¿quién es la mascota y quién el dueño de la casa? Pues eso digo yo…