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| de viaje por los madriles (y II) |
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| jueves, 24 de julio de 2008 | ||||||
Me quedé porque volvíamos al hotel...
Pues eso; acalorados y con los pies como hamburguesas, nos sacamos unos bonos para el metro. Me encanta el metro; sin salir de él, cruzas la ciudad, atraviesas sus tripas, esquivando el tráfico, las aglomeraciones de coches, las prisas... Bueno, las prisas no tanto; porque, queridos lectores, estos madrileños, como los romanos de Astérix, están locos. Tienes que pegarte a la derecha, cuando decidas bajar o subir por las escaleras mecánicas, porque si no te arrollan, te malmiran y se cagan en todos tus ancestros, por no echarte a un lado. Así que ahí los tienes, subiendo y bajando a toda prisa en medio de un mecanismo que ya, de por sí y por su propia naturaleza, les sube o les baja; es como si te pones a escalar dentro de un ascensor, para llegar antes. Como cabras.Llegamos al hotel; justo enfrente hay un gran centro comercial, bajo el cual discurre la estación de metro y varios intercambiadores, tanto de trenes de cercanías como de autobuses. Sobre el centro comercial, poco que decir: visto uno, vistos todos. Las mismas tiendas, las mismas marcas, la misma clientela, y los mismos precios. Qué afán el del ser humano en tomar como único algo que es fotocopia de fotocopia de una mala copia. Pero que le vamos a hacer, era el único lugar en el que encontramos una heladería, que refrescara nuestras gargantas, y un par de restaurantes de comida rápida, en el que saciar el hambre. Sobre lo de la comida rápida, un inciso. La gente que curra como camareros en Madrid duraban en la Costa del Sol currando lo mismo que una gota de bronceador en la espalda de una maciza, que gente más lenta, más antipática y más poco profesional. Y con eso acabó el primer día en la capital del reino; bueno, casi, porque luego me tocó media hora de pelea con el aire acondicionado de la habitación, que a pesar de estar apagado, dejaba circular una corrientita de aire frío muy agradable para los osos polares o los pingüinos... AL día siguiente, imbuidos de una inocencia casi virginal, nos dirigimos al buffet del hotel, dispuestos a meternos entre pecho y espalda un desayuno continental, pero a la andaluza: sus buenos bollitos con aceite o mantequilla, su par de cafés... Nuestro gozo cayó en las profundidades de un pozo, al comprobar que el susodicho buffet era pobre, bastante pobre. Quitando las guarradas que desayunan los bárbaros del norte, en sus versiones bacon chamuscado y huevos al plato, el resto no valía un duro. Nada de bollería que echarte a la boca, bollos de pan que si se te caían al suelo botaban más que una pelota de ping-pong, ni unos cerealitos... nada de nada de nada. Y para colmo, una legión de camareros del hotel, con caras de palo y miradas de esas que, sin hablar, te dicen que no les molestes, que están en su honradísima labor de tocarse los huevos, cada uno los suyos, y que si te falta algo te las apañas solo o te vas a la cafetería de la esquina de la calle. Vamos, lo que yo te diga, que antes me quedo a dormir debajo de uno de los puentes que cruzan el Manzanares antes que repetir hotel. Entre miradas furibundas a los camareros y desesperados intentos por encontrar un poco de pan que no usara Nadal para ganar Winbledon, hicimos los planes para el día: visita al museo de Ciencias, comida en la Plaza Mayor y paseito por el Prado. Pero eso será otra historia...
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Pues eso; acalorados y con los pies como hamburguesas, nos sacamos unos bonos para el metro. Me encanta el metro; sin salir de él, cruzas la ciudad, atraviesas sus tripas, esquivando el tráfico, las aglomeraciones de coches, las prisas... Bueno, las prisas no tanto; porque, queridos lectores, estos madrileños, como los romanos de Astérix, están locos. Tienes que pegarte a la derecha, cuando decidas bajar o subir por las escaleras mecánicas, porque si no te arrollan, te malmiran y se cagan en todos tus ancestros, por no echarte a un lado. Así que ahí los tienes, subiendo y bajando a toda prisa en medio de un mecanismo que ya, de por sí y por su propia naturaleza, les sube o les baja; es como si te pones a escalar dentro de un ascensor, para llegar antes. Como cabras.