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| de viaje por los madriles (I) |
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| miércoles, 23 de julio de 2008 | ||||||||||||||
Nos fuimos de viaje toda la familia a los madriles...
Para empezar, nos montamos en el AVE; que gran invento ese, oye, que te pone en Madrid en lo que tardas en ver un pestiño de película, en mi caso "Soy Leyenda". Entre que era muy temprano y que Will Smith, si no pega gritos y tiro es más aburrido que irte de despedida de soltero con Mariano Rajoy, pegué unas doscientas cabezadas durante las dos horas y media de viaje. Eso sí, antes te enteras que, si lo deseas, puedes pedir comida kosher, para ovovegetarianos y musulmanes; para la próxima, pido alguna cosa rara, nada más que por verles las caras. Pero que quieres que te diga, a pesar de la modernidad del cacharro en cuestión, los cascos siguen siendo los mismos, igual de cutres.Tras llegar a Atocha y pillarnos unos taxis, que nos dieron una vuelta por la ciudad sin pedírselo ni nada, que amables ellos, llegamos al hotel Celuisma Florida Norte; recuerda bien este nombre, que no se te pase si eres fan del cine español de los 70. Ante sus pasillos, uno tenía la firme convicción de que iba a aparecer de un momento a otro Jose Luís López Vázquez gritando A por la alemanasssssssssssssssssssss y Gracita Morales quejándose de cómo se ha puesto de sufrido el servicio. Tras dejar las maletas en las habitaciones, nos dispusimos a subir hasta el Palacio Real, primera parada turística de la familia. De las tres etapas de la visita, puedes saltarte la Farmacia Real, que no es más que una colección de tarros de porcelana medio despostillados y vitrinas que no ven el Cristasol desde hace años. Que no te pierdes nada, vamos. La visita al Palacio Real es un viaje a través de suntuosas estancias, que si en esta habitación, con las paredes forradas de porcelana, el rey Fulanito III jugaba a las cartas, aquí, entre tapices, se tocaba sus reales ingles... Total, que si al entrar te daba más o menos igual, a la salida eres republicano por cojones, y deseas cruzarte con un Borbón para buscarle la boca y tener gresca. Lo que sí me pareció algo más interesante fué la Armeria Real, con sus colecciones de armaduras, armas de todo tipo y banderas ganadas en cientos de batallas; aún no entiendo cómo leches se mantenía esa gente en pié con tanto hierro en lo alto, pero oye, no les quito su mérito, aunque estuvieran a buen recaudo, en la retaguardia, a unos poquitos kilómetros de donde se daban hostias por Dios, la Patria y el Rey. Ya que estábamos allí, cruzamos la plaza y nos adentramos en ese esperpento que es la Catedral de la Almudena; yo, que quieres que te diga, soy de catedrales clásicas, oscuras, de piedra gris comida por los años, con sus cristos expirando en la cruz y sus dolorosas de corazones atravesados. Y a la Almudena, si le quitas los altares y las cruces, no puedes diferenciarla de una macrodiscoteca; si no fuera por la capilla dedicada al santo fundador del Opus Dei, echaría de menos las cerezas del Pachá, te lo juro. Decididos a volver al hotel, nos adentramos en el metro... pero esa ya será otra historia.
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Para empezar, nos montamos en el AVE; que gran invento ese, oye, que te pone en Madrid en lo que tardas en ver un pestiño de película, en mi caso "Soy Leyenda". Entre que era muy temprano y que Will Smith, si no pega gritos y tiro es más aburrido que irte de despedida de soltero con Mariano Rajoy, pegué unas doscientas cabezadas durante las dos horas y media de viaje. Eso sí, antes te enteras que, si lo deseas, puedes pedir comida kosher, para ovovegetarianos y musulmanes; para la próxima, pido alguna cosa rara, nada más que por verles las caras. Pero que quieres que te diga, a pesar de la modernidad del cacharro en cuestión, los cascos siguen siendo los mismos, igual de cutres.