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| El Partido del Siglo (fascículo 3) |
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| martes, 01 de abril de 2008 | ||||||
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Cuando el árbitro dio el pitido inicial, los del Sporting Cañetiense se tiraron sobre el balón como leones, arrasando a sus rivales; asediaban la portería del Atlético, la bombardeaban con sus centros y sus disparos, y Ramiro III se estaba dejando la piel en la portería, parando a diestro y siniestro.
En el momento en que Jarreño, centrocampista del equipo local, cayó dentro del área y el árbitro pitó penalti, pareció que a todos los asistentes al partido les habían prometido medio millón de sueldo mensual de por vida. Todos miraron a Jacinto, y él se acercó despacio a la pelota, la tomó entre sus manos y la dejó sobre el punto fatídico con tal suavidad que, más que colocar el balón, pensaron que dejaba a un niño en su cuna. Ramiro III murmuraba entre dientes, seguro que me lo tira para la derecha, y yo me tiro hacia la izquierda y hago el ridículo, toda España se reirá de mí, pues me tiro para la izquierda, pero seguro que ese cabrón cambia y me lo tira a la derecha, bueno, pues a la derecha, que sea lo que Dios quiera, ya coge carrerilla, hostias, míralo, para la izquierda, joder, mierda, lo sabía, y encima caigo en medio de la cagada de perro ésta, me cago en todo lo más sagrado.Sólo se dio cuenta de que Jacinto había fallado el penalti cuando oyó un OHHHHH que le cayó en las espaldas como un saco de cemento. La pelota subió, subió y subió, salió del campo y le cayó a un viajante de Murcia que odiaba el fútbol en el cristal delantero del coche; del susto, dio un volantazo y se empotró contra una farola del paseo, sin ocasionar daños personales, gracias a Dios y al airbag. Durante un segundo, que pareció una eternidad, el estadio se quedó mudo, pero sólo era un descanso; el público empezó a aplaudir con rabia, perdonando al jugador que les había dado tantas alegrías otras tardes de domingo. Cualquiera podía fallar, es más, sólo fallan los valientes, y Jacinto era el más valiente; por eso empezaron a animar más fuerte aún, con más ímpetu y ardor. Y continuaron los ataques sobre la portería enemiga, sin descanso, sin pausa, pero Jacinto fallaba todo lo falible; cuando no enviaba la pelota a la grada, le daba tal patada al césped que le dejaba una calva de considerables dimensiones. Para colmo de males, en un córner lanzado por el equipo visitante, Cangrejo II tuvo toda la mala fortuna de cabecear hacia su portería en lugar de despejar, eso sí, entrando el esférico por toda la escuadra. Los jugadores del Atlético casi ni celebraron el gol, no fuera a ser que les cayera todo Cañete de la Frontera encima, incluidos el recién nacido Cojoncio y la madre que lo parió; simplemente, se miraron unos a otros, incrédulos ante lo que sucedía, y pidieron a todos los santos del santoral, beatos incluidos, que todo terminara ya, que eran padres de familia, que todavía quedaban muchas letras por pagar y no era cuestión de dejarle todas las deudas a la viuda y a los huérfanos. Pero todo no quedó ahí; en tres desafortunados despejes de Jacinto, tres goles más subieron al marcador visitante antes de que el árbitro pitara el final de la primera parte. El público se encontraba al borde de las lágrimas; al presidente tuvieron que darle agua de azahar dos veces antes de llegar el descanso, y a un señor de la grada de preferencia se lo tuvieron que llevar en camilla, porque se le quedó atravesado en medio de la garganta un buen trozo de bufanda. Los jugadores locales se fueron a la ducha arrastrando las botas, y el entrenador no hacía más que darse pellizcos en el brazo, intentando despertarse de la peor pesadilla de toda su vida. Quienes miraron a Cangrejo II, cuentan que llevaba una media sonrisa en los labios, pero pensaron que era un rictus de tensión. En el vestuario, el entrenador arengaba a sus jugadores, reclamándoles el máximo sacrificio; no todo estaba perdido, y mayores hazañas se habían visto en el mundo del deporte. Saltaron al campo con nuevos bríos, dándose ánimos entre ellos, conjurándose para lograr, como mínimo, el empate. Cuando los jugadores del Atlético los vieron salir, se asustaron más aún de lo que lo estaban, y a Seghiñiño, central brasileño fichado las pasadas Navidades, le atacó un repentino acceso de gastroenteritis que lo tuvo retenido en el servicio más de media hora. Parecía que todo estaba dando sus frutos; a los quince minutos, los locales habían conseguido marcar tres goles como tres soles, y el resultado estaba tan apretado como los calzoncillos de un novio en el baile de las fiestas de la matanza. Los comentaristas deportivos no daban crédito a lo que estaba sucediendo; sin lugar a dudas, aquel era el partido más extraño y emocionante que habían visto en sus vidas, e intentaban transmitir esas sensaciones a sus oyentes. La grada volvía a botar, a saltar, a gritar; las palmas y los puros echaban humo, y hasta Isabelita pedía a gritos en el hospital que la llevaran otra vez al campo, y que le dieran por culo a los puntos, a la placenta, al cordón umbilical y a toda la familia de la matrona.
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En el momento en que Jarreño, centrocampista del equipo local, cayó dentro del área y el árbitro pitó penalti, pareció que a todos los asistentes al partido les habían prometido medio millón de sueldo mensual de por vida. Todos miraron a Jacinto, y él se acercó despacio a la pelota, la tomó entre sus manos y la dejó sobre el punto fatídico con tal suavidad que, más que colocar el balón, pensaron que dejaba a un niño en su cuna. Ramiro III murmuraba entre dientes, seguro que me lo tira para la derecha, y yo me tiro hacia la izquierda y hago el ridículo, toda España se reirá de mí, pues me tiro para la izquierda, pero seguro que ese cabrón cambia y me lo tira a la derecha, bueno, pues a la derecha, que sea lo que Dios quiera, ya coge carrerilla, hostias, míralo, para la izquierda, joder, mierda, lo sabía, y encima caigo en medio de la cagada de perro ésta, me cago en todo lo más sagrado.