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El Partido del Siglo (fascículo 2) E-Mail
lunes, 31 de marzo de 2008
Jacinto sintió como la sangre empezaba a hervirle en las venas, a latirle el corazón detrás de los ojos, y casi no se dio cuenta de que estaba destrozando el ramo de rosas con la mano de tanto apretarlo.
 Aquel hijo de puta no había ido hoy a entrenar porque se estaba tirando a su novia, la muy... la muy... No sabía si entrar y matarlos a los dos, o entrar y matarlos a los dos. No entendía nada; la novia de toda la vida, con todo lo que había hecho por ella, y aquel hijo de Satanás, que había cenado en su casa muchísimas noches, que confiaba en él como en su padre, lo habían engañado como a un chino, pero como a un chino gilipollas. Pero decidió no entrar y cargárselos a los dos con los cuchillos de las tres cuberterías que había comprado aquella novia adúltera. El corazón le pedía venganza, las tripas le exigían sangre, pero la cabeza le decía que no, que no se merecía pasar el resto de sus días en una celda y convertirse en la estrella del equipo de fútbol de la penitenciaría. Tan despacio como llegó volvió sobre sus pasos, desandó lo andado y cerró la puerta muy lentamente. Estos polvos traerían otros lodos. Ya llegaría su hora.
Llegó el domingo, y Cañete de la Frontera se llenó de unidades móviles, antenas parabólicas y camiones cargados de cámaras, cables y monitores. Veinticuatro horas antes del partido, las televisiones empezaron a retransmitir programas especiales, entrevistando a los parientes de los jugadores, llevando a todos los hogares la llegada de las limpiadoras a los vestuarios, informando sobre cuándo entraba el entrenador al servicio para hacer sus necesidades y demás datos trascendentales para la evolución de la Humanidad. El partido se retransmitía en directo a todo el mundo, y hasta los habitantes de una pequeña estación espacial que daba vueltas alrededor del globo podrían verlo. En un pequeño país centroamericano, el pueblo se levantó en armas, bueno, en palos, palas y rastrillos, porque el partido no iba a ser retransmitido; el propio presidente, desde su palacio de mármol blanco, tuvo que calmar a la turba, que amenazaba con saltar las vallas que lo separaban de la chusma, y prometer que el partido sería emitido, aunque al final sólo pudieron verlo unas mil personas en todo el país, que, al fin y al cabo, eran las que tenían televisión.
Dos días antes se acabaron las camisetas, las bufandas, las corbatas y las pantuflas con los colores del Sporting Cañetiense; Manolo, que tenía un tenderete a la puerta del estadio municipal, había hecho más ventas en esos dos días que en el resto de la temporada. No había hombre, mujer, niño, pensionista o parado que no llevara alguna prenda con el morado y rojo del Sporting. Los bares y restaurantes del pueblo estaban haciendo su particular agosto, a costa de los periodistas llegados para el evento. Donde habitualmente se jugaban las partidas de parchís y mus, ahora se apilaban las grabadoras, los micros y las cámaras, y a Pepe, el dueño del Bar El Frenazo, le dolían las muñecas de tanto poner cafés y bocadillos de lomo en manteca.
Tres horas antes del partido, no se veía ni un trocito de cemento en las gradas; el campo estaba hasta la bandera, o lo estaría si el gracioso que las robó el sábado por la noche las hubiera dejado allí. El constructor encargado de realizar la obra del estadio temblaba como una hoja pensando en la posibilidad de que aquellos pilares no aguantaran tanto peso; a veces, se le iba la mano con la arena, y allí se le fueron varios camiones de más. Como no había cabinas para todos los periodistas, se alquilaron las casas más cercanas al estadio, aquellas que tenían una terraza mirando al césped. Se montaron improvisados estudios en los balcones, y los dueños de las casas iban y venían con botellas de cerveza fría, acompañados de platos de salchichón y chorizo de la tierra.
María del Desamparo estaba sentada en el palco con las otras novias y mujeres de los jugadores, además del alcalde, los concejales, el teniente de la Guardia Civil, el padre Benito, el presidente del club y el del equipo rival. Estaba hermosa, con un precioso traje de verano estampado de flores verdes y amarillas, justo a mitad del muslo; se abanicaba desde hacía rato, porque al sol de justicia se le añadía el calor humano de tanta gente embutida en el palco, amén del humo de los puros y los perfumes de las otras esposas.
Cuando saltaron los jugadores del Atlético Castellano al césped, una jauría humana comenzó a gritar, a chillar, a lanzar improperios, insultos, rayos y centellas; el portero, Ramiro III, El Gato de Despeñaperros, deseaba volver a casa ya, sin esperar al comienzo del partido. Se acordaba de su mujer y sus niños, tranquilamente sentados en el salón, mientras que él se encontraba parado en medio del infierno. Sus compañeros miraban con un ojo las gradas y con el otro la puerta del túnel de vestuarios, por si acaso. Hasta los perros policía parecía que les ladraban a ellos, y temían que alguno se escapara, los cogiera en la boca y lo enterrara junto al banderín de córner, para masticarlos luego hasta los huesos. En el momento en que Cangrejo II y sus compañeros salieron al terreno de juego, las lanzas se volvieron flores, y todo el estadio saltó al unísono, embravecido, extasiado, envuelto en una nube de fervor futbolero. Miles de rollos de papel higiénico volaron desde las gradas, convirtiéndolas en el servicio más grande del mundo; el espectáculo era impresionante, y a Jacinto se le pusieron los vellos de punta. Isabelita, la floristera, se puso de parto en medio de la grada de Gol, y la tuvieron que asistir allí mismo, mientras el resto de la gente saltaba y daba vítores; el niño, que pesó tres quilos y medio, se llamó Cojoncio, en recuerdo del caballero que estaba sentado al lado de Isabelita y que la ayudó a traerlo al mundo.
Comentarios
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Ana (81.203.228.198) 10-05-2008 20:40:07

Jajaja esté relato ha estado bien.
Muy bueno jajajaja dentro de nada ire al futbol y espero que mi equipo gane.
Me regalaron entradas en el mejor sitio, espero pasarlo en grande y desgallitarme
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