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El Partido del Siglo (fascículo 1) E-Mail
domingo, 30 de marzo de 2008
Jacinto Pérez Cangrejo, conocido en el mundillo futbolero como Cangrejo II, aparcaba su Mini color verde botella junto a la acera.
 Hoy venía menos cansado que de costumbre, porque el mister no había llegado al entrenamiento, y la sesión la dirigió Florentino, el médico del equipo; hombre más flojo no lo puedes encontrar en el mundo, y claro, hoy todo habían sido ronditos, unos pocos tiros a puerta y pare usted de contar. Durante el camino había soñado despierto con el partido del domingo, el último de la liga; en realidad había soñado con toda la temporada, que le estaba saliendo a pedir de boca.
Muy pocos, seamos sinceros, ninguno, daba un duro por ellos a principios del mes de agosto, cuando, recién ascendidos de Segunda, comenzaban una liga en la que se manejaban miles de millones como el que maneja la calderilla a la hora de pagar el café. Y poco a poco, partido a partido, dejándose el pellejo en esos estadios de Dios, había conseguido ganarse el respeto y la admiración de todo el continente. Aunque en las primeras jornadas estuvieron titubeantes, desde noviembre no abandonaban los primeros puestos de la clasificación. Y desde hacía tres semanas, lideraban la tabla, algo impensable, rozando lo imposible, colocándose a la altura de los grandes enigmas del Universo. Para colmo, sólo faltaba una jornada, y con un empate con el colista les bastaba para llevarse el trofeo hasta las vitrinas del club, bueno, cuando compraran las vitrinas.
Y eso que el equipo, el Sporting Cañetiense, con sede en Cañete de la Frontera, población con mil quinientos habitantes en invierno y mil quinientos uno en verano, (época en la que venía la hermana del Padre Benito a pasar las vacaciones) era modesto entre los modestos, pobre entre los más pobres; sin ir más lejos, gracias a los ingresos por televisión podía disfrutar de agua caliente en las duchas, un lujo oriental comparado con lo de los años anteriores, en los que, al caerles el agua por la espalda, los pobres jugadores no podían encontrarse el más claro exponente de su virilidad. Pero todo aquello no les importaba; habían sido capaces de desafiar la Historia, la lógica y los pronósticos de todos los especialistas que les daban por descendidos, más o menos, a la altura del mes de enero.
Y de ahí a la fama fue coser y cantar; eran portada de periódicos y revistas, protagonistas de las tertulias deportivas y de anuncios de natillas, calientes o frías. A diario se recibían en la sede del club ofertas por casi todos los jugadores, y por él mismo se habían interesado en Italia, poniendo sobre la mesa un cheque con más ceros de los que había podido ver en todas sus notas del colegio. Incluso el entrenador se encontraba entre los futuribles seleccionadores nacionales, para llevar el timón del equipo durante el próximo mundial. Vamos, para mear y no echar gota. Pero todo dependía del resultado de este domingo; eso demostraría madurez y capacidad de sobrepasar toda la presión que se les venía encima; sin eso, las ofertas se desvanecerían, y los ceros en los cheques se esfumarían como los cubitos de hielo en un vaso de tinto con gaseosa.
Había parado el coche junto a un bloque de apartamentos de nueva construcción; su novia, María del Desamparo, se había empeñado en comprarse aquella casa, y él se había empeñado hasta las cejas. Desde que se había hecho famoso, a su novia le habían entrado las prisas por casarse, vamos, más que prisas, carreras por convertirse en la esposa del más glorioso goleador que había visto nacer aquellas tierras, el máximo realizador del campeonato, el alma del equipo, en resumen, la caña de las legañas. En poco más de un mes había comprado seis docenas de toallas, cuatro juegos de cama, tres baterías, tres cuberterías y tres vajillas, y el pobre Jacinto se preguntaba si alguna vez en su vida sería capaz de beber en tantos vasos, secarse en tantas toallas o comer en tantos platos. Pero bueno, si era el deseo de ella, no era nadie para oponerse; llevaban diez años de novios, siempre apurados de dinero, y si ahora la cosa cambiaba para mejor, pues estupendo. De todas maneras, también tenía ya ganas de casarse, que demonios, de perdidos al río.
Sacó del asiento trasero del Mini un ramo de rosas blancas, un detallito sin importancia que compró en la floristería de Isabelita, que por cierto le hizo una rebajita a cambio de que el domingo metiera tres goles. Abrió el portal, entró en el ascensor, subió hasta la segunda planta y con cuidado metió la llave en la cerradura. Él sabía que María del Desamparo se encontraría allí; seguro que estaría fregando, o colocando figuritas en las estanterías del mueble del salón, u ordenando las cacerolas en los muebles de la cocina. Por eso entró muy despacio, sin hacer ruido, como si caminara sobre clavos al rojo vivo y llenos de moho. Caminando de puntillas, atravesó el pasillo, mirando de reojo la cocina, el cuarto de baño, el salón, nada, ni rastro de la novia. Y seguro que estaba allí, porque la puerta no estaba echada, y ella siempre la dejaba bien cerrada. Al fin logró oír un pequeño ruido en el dormitorio; seguro que estaba ordenando los juegos de cama en el armario; siguió caminando aún más despacio, casi tanto como cuando echaban por la tele la repetición de alguno de los penaltis que le hacían los domingos. Llegó hasta el marco de la puerta, y cuando se disponía a entrar, enarbolando el ramo de rosas como si fuera la antorcha olímpica o una espada en una película de piratas, notó que los ruiditos eran jadeos, y que su novia no estaba ordenando juegos de cama, sino que practicaba alguno de esos juegos con un tipo que tenía el trasero lleno de pelos, como su entrenador, y que había dejado unas gafas de concha en la mesita de noche, como las de su entrenador, y que había tirado al suelo un chandal igualito igualito a uno que tenía su entrenador.
 
 

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Escribir es bonito, pero más bonito es que te lean. Así que todos aquellos interesados en perder su tiempo, pasen, siéntense y pongan los pies en la mesa, pero dejen las cervezas en los posavasos, que si no me dejan cerco. Todo lo que oigan o hayan oido de mí es falso, eso jamás lo he hecho ni volveré a hacerlo.

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