Archive for Las No Tan Vírgenes Casi Suicidas

Fascículo 3

// mayo 16th, 2010 // No Comments » // Las No Tan Vírgenes Casi Suicidas

Boqueando como los peces cuando se convierten en pescados, miré cómo se levantaba de la cama. ¿Alguien podría decirme por qué las mujeres se ponen tan condenadamente guapas cuando están enfadadas? Estaba tan hermosa que si no fuera porque tenía toda la sangre útil en el cerebro, alimentando mis neuronas, sin dejar ni gota para el resto del cuerpo, la habría arrojado sobre la cama para tomar un segundo plato de postre, eso si era capaz de convencerla de que no me sacara los ojos con sus uñas pintadas de rojo hemorragia.

–Pero, ¿adonde vas? Vicente no llegará hasta por la mañana, y podrías…

–No, Juan, no podría.– No paraba de girar alrededor de la cama, buscando su ropa interior, abrochándose la camisa, cerrando la cremallera de sus vaqueros.– No puedo ni quiero esperar a que pienses en algo que deberías haber hecho ya, ¿no te parece?

–Pero Nieves, cariño, espera, preparo un cafelito, no que estamos un poco nerviosos, mejor un té, charlamos y…– Esto de perseguirla en pelotas por la casa en pleno mes de diciembre era de un patetismo y una estupidez arriesgados para mi salud.

–No, déjalo, repasa todo lo que te he dicho, y cuando sepas qué quieres, cuando lo tengas claro, ven a verme. Ya sabes donde vivo, tres plantas más abajo. Y vístete, que vas a pillar algo.

Blam. El portazo sonó a hora y media de reproches condensados en un sólo sonido. Me quedé plantado ante la puerta, pensando que, quizás, de pegarnos un revolconcillo antes de que se fuera era mejor no preguntarle.

Sólo, en mi cama, los pensamientos y las dudas se arremolinaban dentro de mi cráneo en una explosión de pelotas de ping-pong, un tsunami a escala cerebral. Estaba seguro de que me pasaría toda la noche del viernes dándole vueltas en la cama, pensando y venga a pensar…

Si no hubiera sido porque Vicente me despertó con una patética imitación de Antonio Molina, probablemente habrían tenido que administrarme las doce uvas de Nochevieja por vía intravenosa.

–Cocinero cocineroooooooooooooooooooooooo enciende bien la candelaaaaaaaaaaaaaa…

Vicente llevaba viviendo conmigo desde el pasado verano, y gracias a mi tozudez y a la intervención divina, parecía que había dejado esa afición suya de vivir de las carteras que se pegaban a sus dedos como los chicles a las suelas de los zapatos. Incluso había engordado un poco y ya no parecía un Cristo después de una visita por el Pilatos Gólgota Park. De vez en cuando le salía alguna chapucilla como albañil, y eso le daba la suficiente autoestima como para no sentirse un invasor en casa, colaborando con parte de los gastos y ocupándose de las tareas domésticas. Para los Reyes ya le tenía apartados una cofia y un delantal. No quería cogerle ni un euro, que para eso fui yo quien le hizo mudarse a casa, pero en un Campeonato Mundial de Cabezones, el Dedos sería descalificado por sobredosis de pormishuevostonina.

–Vicente, ¿te gusta cantar?

–Claro– respondió desde la cocina.

–Pues aprende, cabrón, y como ese desayuno no sea digno de un marajá, prepárate a correr como no lo has hecho nunca delante de la Guardia Civil.

La carcajada de Vicente resonó por todo el piso, mezclado con el ruido del papel en el que venían envueltos los churros, todo aceite y calorías.

–Venga, levántate ya y ven a reponer fuerzas, Follarín de los Bosques.

Era evidente que el Dedos no sabía nada de la pequeña y amistosa conversación-monólogo-concurso-de-preguntas de la pasada madrugada. A los cinco minutos de sentarnos frente al desayuno, ya lo había puesto al corriente de todo; se lo fui contando entre churro y churro, mientras los mojaba en el café caliente. Vicente asentía mientras escuchaba la narración de lo sucedido la noche anterior, sin hacerme preguntas ni interrumpirme en ninguna ocasión, concentrado en mis palabras, con la misma expresión en sus ojos celestes que cuando se quedaba vigilando el bolsillo de un turista harto de cervezas.

–… y se fue pegando un portazo de mil pares de cojones, que no sé cómo has podido abrir la puerta esta mañana.

–Ya.

–¿Ya? ¿Cómo que ya?

–Juan, leches, ¿qué esperabas?

Adiós. Esto si que me dejaba con las patas colgando; podía haberme imaginado cualquier reacción por parte del Dedos, desde el cachondeo puro y duro hasta un No Pasa Nada, Ya Se Le Pasará, pero sus palabras me habían dejado aún más despistado que el rapapolvos de Nieves. ¿Cómo que qué esperaba? ¿Es que había algo que esperar? ¿Se estaban poniendo todas las personas que me rodeaban de acuerdo para inflarme a collejas?

–Vamos a ver, Juanillo. Mírate, tienes treinta y cuatro años pegados al culo, sin curro, y llevas ocho meses saliendo con ella; yo creo que ya es hora de que empieces a pensar un poco en ti y en Nieves también.

–¿Pero qué es lo que tengo que pensar? Lo del curro, bueno, ya me saldrá algo, de todas maneras no estamos para mendigar, ¿no?, y sobre ella, pues estamos muy bien, nos llevamos genial, y los fines de semana venimos aquí y…

–Claaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaro, claaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaro, y como tú eres el puto centro del Universo, pues nada, mientras tú estés bien, a los demás que les den, ¿no?

¿Pero qué le pasa a este hombre, que va de bronca en bronca? Primero la novia, ahora su amigo… Encima paseándose en pelotas por la casa. ¿Exhibicionista?  ¿Loco? ¿Simplemente un tío guarro? Todo esas preguntas y muchas más quedarán resueltas en las próximas entregas de Las No Tan Vírgenes Casi Suicidas. O no.

Fascículo 2

// mayo 3rd, 2010 // No Comments » // Las No Tan Vírgenes Casi Suicidas

No soy precisamente David Beckham, aunque mi madre diga que me doy un aire, y en aquellos días mi economía no tenía la liquidez necesaria para teñir de rojo el saldo de mi cuenta corriente. Para colmo, a mis treinta y cuatro, y después de los hechos acaecidos el verano pasado en la academia en la que trabajaba, me encontraba en el paro. En resumidas cuentas, querido conciudadano, estaba más cercano a cliente de la Beneficencia que de ser beneficioso para alguien. Y a pesar de todo esto, una mujer como Nieves llegaba a decir que sentía algo por mí.

¿Y yo? ¿Sentía algo por ella? Y en caso afirmativo, ¿qué sentía? Evidentemente me gustaba; cualquiera con un mínimo de visión sentiría atracción por ella. Y ya no era sólo por el exterior, que era fantástico, de lo cual yo y mis sábanas damos fe; por dentro, Nieves era una de esas personas que te caen bien al instante. Simpática, inteligente, buena persona, cariñosa, muy responsable… Pocas, muy pocas habrían tomado las riendas de su casa desde el instituto, llevando las tareas del hogar y criando a su hermano pequeño mientras sus padres se dejaban las uñas, las pestañas y la vida en las mesas de los chiringuitos de Torremolinos, trabajando de sol a sol. En resumidas cuentas, Nieves era como una de esas croquetas que preparaba mi madre con la gallina del puchero. Cuidado, no me malinterprete, que no quiero decir que estuviera redonda ni nada por el estilo; simplemente quiero decir que si por fuera era tan apetecible, por dentro lo era aún más. De todas maneras, si la ve, me hace el favor de no comentarle nada de esto de la croqueta, que bastantes problemas he tenido ya con ella. Con Nieves, no con las croquetas. Gracias.

Bien, habiendo llegado a la conclusión de que me gustaba, debía pararme a considerar la posibilidad de qué sentía por ella, porque me daba en la nariz que se refería a algo más profundo, con más miga intrínseca, sentimientos en plan No Puedo Vivir Sin Tí, Te Necesito A Todas Horas. Y a ese particular le había dedicado el mismo tiempo que al estudio de las virtudes terapéuticas del punto de cruz. Estas cuestiones no se plantean así, y menos a esas horas, pero hice el esfuerzo y, partiendo de unos hechos conocidos, me puse a llegar a una conclusión. Partiendo de :

a) Hipótesis del Espacio-Agilipollamiento: La cara de tonto que se me pone es inversamente proporcional a la distancia que me separa de Nieves.

b) Teorema del Lepidóptero Estomacal: El simple hecho de mirarla hace que note cierto vacío en las tripas, como de mariposas revoloteando por mi interior.

c) Corolario de la Respuesta Automática: Mi cuerpo responde de forma instantánea ante el más ínfimo estímulo por su parte, ya sea un leve pestañeo o la dulzura con la que se desabrocha los botones de su camisa,

sólo podíamos llegar a la conclusión de que sí sentía algo más allá de lo puramente físico.

–Sí, Nieves, claro que siento algo por ti, eso está claro, porque si no, no estaríamos los dos aquí, ¿verdad? –En estos casos, lo mejor es acompañar las palabras con una suave caricia, y enredé mis dedos entre su media melena castaña.

–Y en el caso de que tú sientas algo por mí– continuó como si yo no hubiera respondido o le importara un pimiento mi respuesta–, me gustaría saber que planes tienes para tu vida, para el futuro, y qué papel juego yo en esa vida que imaginas.

Ella. Planes. Mi vida. Planes, ella y mi vida. O sea, la unión de ella y yo en un futuro a sabe Dios que plazo. Justo en ese instante se me vinieron a la mente todas las implicaciones y posibles quebraderos de cabeza que encerraban sus palabras. Adopté mi famosa estrategia del tenista, respondiendo con otra pregunta.

–¿Mi futuro, planes para el futuro, tú y yo?– Hala, golpeo la pelota y viaja de vuelta.

–Juan, no te hagas el tonto, que sabes perfectamente de qué te hablo.

–Bueno, es que planes, lo que se dice planes, tú sabes que hago muy pocos.– Y eso era cierto. Siempre que Juan Cacho había hecho planes en el pasado, había llegado la vida en forma de bota con puntera metálica y había desbaratado esos planes y todo lo que le rodeara, incluyéndome a mí. Así que, ¿para qué preocuparse de lo que pase más allá de las próximas veinticuatro horas?

–Ya, pero es que necesito saber si has pensado en nosotros, en qué somos, o en qué quieres que seamos dentro de un tiempo, en qué quieres hacer con tu vida y si yo entro en ella.

–Pues…

–¿Qué somos, Juan? ¿Amigos con derecho a roce, o hay algo más? ¿Cómo me ves en un futuro, cómo te ves a ti, a tu vida?– Su tono se endureció, como lo hace el agua antes de escarcharse, dura y sólida frialdad. Se sentó en la cama, mirándome fijamente mientras me fusilaba a preguntas. Sus pezones me apuntaban como dos pequeños dedos índices, Dios bendiga al frío, y me costaba un esfuerzo sobrehumano no desviar la mirada de sus ojos para bajarla unos pocos grados hacia el sur.

–¿Mi vida, qué le pasa a mi vida?– Eso, ¿qué le pasaba a mi vida, y qué tenía que ver con lo que estábamos hablando? ¿Me había quedado dormido y me había perdido un trozo de la conversación? ¿Alguien estaba teniendo la prudencia de grabarlo todo, por si las moscas?

–¿Que qué le pasa a tu vida, Juan? Que vas siempre a remolque de todo, que dejas pasar el tiempo sin tomar decisiones, que esperas a que las cosas se apañen solas. Y esa actitud tuya me influye a mí.

–Pero contigo no hay nada que apañar, todo va bien, ¿no?– No, no me había puesto a la defensiva; si la almohada, el colchón, la mesita de noche y el ropero se habían colocado entre nosotros dos, a modo de trinchera, era una simple coincidencia. Qué demonios, los cementerios están llenos de valientes, y los viajes del Inserso de cobardes como yo.

–¿Ves? A eso me refiero… Estamos bien, claro que estamos bien, pero no hay nada más, no hay planes, ni expectativas de futuro…

–¿Futuro? ¿A qué te refieres con…?

–Juan, si no lo entiendes, si no ves lo que te quiero decir, si para ti esto es suficiente, deberías pensar que no lo es para los dos. Llega un momento en que te has de plantear dar pasos hacia algo más serio, porque yo sí que me lo he planteado, y tú… tú parece que no.

–Yo, bueno… no sé, la verdad es que…– Mierda, ya estábamos con los balbuceos. Mi cerebro entró en una peligrosa espiral, si digo esto lo empeoro pero si me quedo callado es peor aún, aunque si digo esto otro la cosa puede ir hacia la catástrofe pero ella espera que diga algo así que abre la boca pero que sea ya que se está desesperando y tiene cerca el cenicero gordo de cristal que me traje de casa de mi madre.

–¿No tienes nada que decirme?

–Verás, Nieves, la cuestión es que… en fin, tú ya me entiendes, o sea, vamos, el futuro es…

–Ya.


¿En realidad se parece a David Beckam o es solo una fantasmada? ¿Cómo se permite el lujo de poner a una mujer a la altura de las croquetas? ¿Qué leches es un corolario, un medicamento para los ojos? ¿Siente Juan Cacho algo por Nieves o son solo gases? ¿Cómo es de gordo el cenicero que le robó a su madre? Todas y esas cuestiones quedarán respondidas, o no, en los siguientes fascículos de Las No Tan Vírgenes Casi Suicidas…

Qué dirían si hubieran leido “Las No Tan Vírgenes Casi Suicidas”…

// marzo 26th, 2010 // No Comments » // Juan Cacho, Las No Tan Vírgenes Casi Suicidas

Por Juan Cacho MA-TO

Belén Esteban. Saltimbanqui.

Sigue la técnica de Juan Cacho y conseguirás una tableta de chocolate mejor que la de CR9

Diario Az.

Me encanta leerlo en el parque, mientras le echo miguitas de pan a las palomas, pitas, pitas, pitas…

Esperanza Aguirre. Colombofílica.

Es mucho más divertido que las carreras de Fórmula 1…

La madre de Hamilton. Señora aburrida.

Yo sabía que esto de leer a Juan Cacho me traería problemas…

Baltasar Garzón. Juez ajusticiado.

Se lo he recomendado a mis hijas, pero a ellas les va más la novela gótica…

J.L Rodriguez Zapatero. Chapuzas a domicilio.