// Agosto 4th, 2009 // 2 Comments » // El Pobrecito Hablador
Estimad@s amig@s:
¿En tu ciudad, pueblo, capital de provincia o pedanía no hay Ikea? Pues ni es ciudad ni es nada; antes, para que un pueblo fuera pueblo, era condición indispensable que entre sus calles pudiera encontrarse un puticlub. Pero ya no; ahora lo que realmente da status a una localidad es que tenga un Ikea cerquita. Si no, viven en medio de la nada más absoluta.
Y claro, en cuantito te lo montan, pues ya estás tardando en ir a verlo, a ver si es verdad que tienen una casa que cabe dentro de una cabina de teléfonos, que si las cocinas se esconden como las armas del James Bond, y demás leyendas urbanas que circulan por ahí.
Lo primero en lo que caes en la cuenta nada más atravesar sus puertas es que esto lo han ideado suecos. Si Ikea fuera andaluz, lo primero que te encontrarías sería el bar, nada más entrar, para poder esperar mientras la parienta le da vueltas a los pasillos buscando tapetitos para la mesa y taburetes estilo colonial. Pero no, para llegar al puñetero restaurante tienes que atravesar toooooda la tienda, siguiendo unas flechitas pegadas al suelo, junto a unas huellas de pies, por si se te ocurre perderte. Porque no hay cojones de perderse dentro de un Ikea; lógico, porque está estructurado como un laaaargo pasillo, por el que no tienes más pelotas que desplazarte en un sentido o en el otro. Pero si se te ocurre recular, te ves arrastrado por una marabunta de carritos amarillos, bolsas del mismo color, maridos con un lápiz en la mano y el catálogo en la otra. Así que no te queda otra que hacerte el recorrido entero, ya sea por propio interés, porque quieres tomarte una cervecita o simplemente porque te estás meando desde que eras chico.
Hay que reconocer que lo tienen muy bien pensado estos suecos: a la entrada tienes tus papelitos para apuntar, tu metro de papel plastificado, que por cierto les encanta a mis gatos como juguete, un viaje de lápices del tamaño de un mondadientes y una pila de catálogos del Ikea, junto a un cartel que advierte que el susodicho volumen es para uso exclusivo dentro de la tienda. Anda que si les diera por registrar los bolsos… A veces me quedo sorprendido viendo como las señoras cogen los puñados de lápices como si fueran palomitas:
Son para mi sobrino, para que pinte, es que le gusta tanto dibujar…
En fín, que una vez metidos en harina, ves que es verdad: hay casas amuebladas de 20 metros cuadrados, con cocina, cuarto de baño, sala de gimnasia, spa y piscina cubierta. Eso sí, si llegas corriendo a casa porque te ha dado un apretón, mientras que apartas la mesa-encimera-tabla de planchar para poder esconder la bañera-figorífico, ya te lo has hecho en los pantalones.
Era mi cuarta visita al Ikea y ya era hora de que nos fuéramos de allí con algo que no fueran unas sartenes, media docena de vasos o unas tijeras de cocina. Así que, armados de planito de la casa, libretita con medida de cada pared, recoveco y esquina, nos decidimos a comprarnos unas cuantas estanterías, un par de muebles y algunos detallitos más. Todo muy mono y muy bien preparado: te dicen el lugar exacto en el que tienes que recoger cada uno de los paquetes, para que no te pegues dando vueltas durante horas y horas buscando la caja de la puñetera estantería Billy (o Bylli, o como carajo se llame). Pues no. Ahí la cagaste. Porque cuando vas al pasillo 3, sección 24, que es donde se supone que están las cajas con las puertas, pues resulta que no, que ahí lo que hay apiladas son las cunas Strogenfon, que no es ni de cerca lo que tú buscas. Así que sales en busca de un muchacho vestido de azul o de amarillo, un claro homenaje sueco a las Brigadas del Carranza, a ver si te puede servir de guía. Uno de ellos me indica que lo que tienes que hacer es acercarte a alguno de los monitores táctiles que hay desperdigados por el almacén, que te indicará donde buscar esa caja.
Qué bien lo tienen montado esta gente, piensas mientras te acercas al monitor. Pero resulta que para que te indique el lugar exacto de recogida tienes que saberte el nombrecito del mueble en cuestión, cosa fácil si es la estanteria Billy (o Bylli, o bilis), pero si es la plancha Gronferhen, tú ya ni te acuerdas si iba con hache intercalada, con diéresis en la e o acento átono en la g. Total, que vuelves a buscar a tu parienta, que es la que tiene el catálogo con las páginas marcadas, y te aprendes de memoria el nombrecito de marras, vuelves al monitor, esperas a que el torpe de delante tuya de la cola deje de darle vueltas a la pared buscando el teclado, le explicas que tiene que pulsar la pantalla, y la pulsa, pero como tiene unos dedos gordos como bates de beisbol, pues pulsa cuatro teclas a la vez… Total, una desesperación.
Tras media hora de cabezazos contra la columna, llega tu turno, escribes el nombre del mueblecito, lees la sección y el pasillo en el que se encuentran, que resulta que está justamente en la otra punta del almacén, con lo que vuelves a darle la vuelta al puto Ikea con tu carro cargado de cajas, machacándote los tobillos con las esquinas de cartón, que serán de cartón pero joden una barbaridad. Ea, ya lo has cargado todo, y lo arrastras despacio, como los judios arrastraban las piedras de la Gran Pirámide, y llegas a la cola, y allá a lo lejos, casi perdida en la bruma, ves la caja, leeeeejos leeeeejos, y la cajera es una hormiguita pequeñita… Si al principio entraste ilusionado, a esa hora estas ya de muebles, sillas y estantes hasta las raices de los pelos de las ingles.
Llegamos a la caja, y fuimos pasando los paquetes de uno en uno. Como el Focus no es precisamente una furgoneta, contraté el servicio de transporte, con lo que me ahorré:
a) Arrastrarlo todo hasta el coche.
b) Jugar al Tetris con los paquetes.
c) Acordarme de la madre de todos los que se apellidaran Johanson.
d) Sacarlos del coche al llegar a casa.
e) Subirlos hasta el tercero.
f) Dejarlos caer sobre el suelo del salón, a ver si así se me iba la mala hostia del viaje.
Pero a pesar de ahorrarme todo esto, lo peor estaba aún por llegar…
(Continuará…)