Fascículo 2
// mayo 3rd, 2010 // Las No Tan Vírgenes Casi Suicidas
No soy precisamente David Beckham, aunque mi madre diga que me doy un aire, y en aquellos días mi economía no tenía la liquidez necesaria para teñir de rojo el saldo de mi cuenta corriente. Para colmo, a mis treinta y cuatro, y después de los hechos acaecidos el verano pasado en la academia en la que trabajaba, me encontraba en el paro. En resumidas cuentas, querido conciudadano, estaba más cercano a cliente de la Beneficencia que de ser beneficioso para alguien. Y a pesar de todo esto, una mujer como Nieves llegaba a decir que sentía algo por mí.
¿Y yo? ¿Sentía algo por ella? Y en caso afirmativo, ¿qué sentía? Evidentemente me gustaba; cualquiera con un mínimo de visión sentiría atracción por ella. Y ya no era sólo por el exterior, que era fantástico, de lo cual yo y mis sábanas damos fe; por dentro, Nieves era una de esas personas que te caen bien al instante. Simpática, inteligente, buena persona, cariñosa, muy responsable… Pocas, muy pocas habrían tomado las riendas de su casa desde el instituto, llevando las tareas del hogar y criando a su hermano pequeño mientras sus padres se dejaban las uñas, las pestañas y la vida en las mesas de los chiringuitos de Torremolinos, trabajando de sol a sol. En resumidas cuentas, Nieves era como una de esas croquetas que preparaba mi madre con la gallina del puchero. Cuidado, no me malinterprete, que no quiero decir que estuviera redonda ni nada por el estilo; simplemente quiero decir que si por fuera era tan apetecible, por dentro lo era aún más. De todas maneras, si la ve, me hace el favor de no comentarle nada de esto de la croqueta, que bastantes problemas he tenido ya con ella. Con Nieves, no con las croquetas. Gracias.
Bien, habiendo llegado a la conclusión de que me gustaba, debía pararme a considerar la posibilidad de qué sentía por ella, porque me daba en la nariz que se refería a algo más profundo, con más miga intrínseca, sentimientos en plan No Puedo Vivir Sin Tí, Te Necesito A Todas Horas. Y a ese particular le había dedicado el mismo tiempo que al estudio de las virtudes terapéuticas del punto de cruz. Estas cuestiones no se plantean así, y menos a esas horas, pero hice el esfuerzo y, partiendo de unos hechos conocidos, me puse a llegar a una conclusión. Partiendo de :
a) Hipótesis del Espacio-Agilipollamiento: La cara de tonto que se me pone es inversamente proporcional a la distancia que me separa de Nieves.
b) Teorema del Lepidóptero Estomacal: El simple hecho de mirarla hace que note cierto vacío en las tripas, como de mariposas revoloteando por mi interior.
c) Corolario de la Respuesta Automática: Mi cuerpo responde de forma instantánea ante el más ínfimo estímulo por su parte, ya sea un leve pestañeo o la dulzura con la que se desabrocha los botones de su camisa,
sólo podíamos llegar a la conclusión de que sí sentía algo más allá de lo puramente físico.
–Sí, Nieves, claro que siento algo por ti, eso está claro, porque si no, no estaríamos los dos aquí, ¿verdad? –En estos casos, lo mejor es acompañar las palabras con una suave caricia, y enredé mis dedos entre su media melena castaña.
–Y en el caso de que tú sientas algo por mí– continuó como si yo no hubiera respondido o le importara un pimiento mi respuesta–, me gustaría saber que planes tienes para tu vida, para el futuro, y qué papel juego yo en esa vida que imaginas.
Ella. Planes. Mi vida. Planes, ella y mi vida. O sea, la unión de ella y yo en un futuro a sabe Dios que plazo. Justo en ese instante se me vinieron a la mente todas las implicaciones y posibles quebraderos de cabeza que encerraban sus palabras. Adopté mi famosa estrategia del tenista, respondiendo con otra pregunta.
–¿Mi futuro, planes para el futuro, tú y yo?– Hala, golpeo la pelota y viaja de vuelta.
–Juan, no te hagas el tonto, que sabes perfectamente de qué te hablo.
–Bueno, es que planes, lo que se dice planes, tú sabes que hago muy pocos.– Y eso era cierto. Siempre que Juan Cacho había hecho planes en el pasado, había llegado la vida en forma de bota con puntera metálica y había desbaratado esos planes y todo lo que le rodeara, incluyéndome a mí. Así que, ¿para qué preocuparse de lo que pase más allá de las próximas veinticuatro horas?
–Ya, pero es que necesito saber si has pensado en nosotros, en qué somos, o en qué quieres que seamos dentro de un tiempo, en qué quieres hacer con tu vida y si yo entro en ella.
–Pues…
–¿Qué somos, Juan? ¿Amigos con derecho a roce, o hay algo más? ¿Cómo me ves en un futuro, cómo te ves a ti, a tu vida?– Su tono se endureció, como lo hace el agua antes de escarcharse, dura y sólida frialdad. Se sentó en la cama, mirándome fijamente mientras me fusilaba a preguntas. Sus pezones me apuntaban como dos pequeños dedos índices, Dios bendiga al frío, y me costaba un esfuerzo sobrehumano no desviar la mirada de sus ojos para bajarla unos pocos grados hacia el sur.
–¿Mi vida, qué le pasa a mi vida?– Eso, ¿qué le pasaba a mi vida, y qué tenía que ver con lo que estábamos hablando? ¿Me había quedado dormido y me había perdido un trozo de la conversación? ¿Alguien estaba teniendo la prudencia de grabarlo todo, por si las moscas?
–¿Que qué le pasa a tu vida, Juan? Que vas siempre a remolque de todo, que dejas pasar el tiempo sin tomar decisiones, que esperas a que las cosas se apañen solas. Y esa actitud tuya me influye a mí.
–Pero contigo no hay nada que apañar, todo va bien, ¿no?– No, no me había puesto a la defensiva; si la almohada, el colchón, la mesita de noche y el ropero se habían colocado entre nosotros dos, a modo de trinchera, era una simple coincidencia. Qué demonios, los cementerios están llenos de valientes, y los viajes del Inserso de cobardes como yo.
–¿Ves? A eso me refiero… Estamos bien, claro que estamos bien, pero no hay nada más, no hay planes, ni expectativas de futuro…
–¿Futuro? ¿A qué te refieres con…?
–Juan, si no lo entiendes, si no ves lo que te quiero decir, si para ti esto es suficiente, deberías pensar que no lo es para los dos. Llega un momento en que te has de plantear dar pasos hacia algo más serio, porque yo sí que me lo he planteado, y tú… tú parece que no.
–Yo, bueno… no sé, la verdad es que…– Mierda, ya estábamos con los balbuceos. Mi cerebro entró en una peligrosa espiral, si digo esto lo empeoro pero si me quedo callado es peor aún, aunque si digo esto otro la cosa puede ir hacia la catástrofe pero ella espera que diga algo así que abre la boca pero que sea ya que se está desesperando y tiene cerca el cenicero gordo de cristal que me traje de casa de mi madre.
–¿No tienes nada que decirme?
–Verás, Nieves, la cuestión es que… en fin, tú ya me entiendes, o sea, vamos, el futuro es…
–Ya.
¿En realidad se parece a David Beckam o es solo una fantasmada? ¿Cómo se permite el lujo de poner a una mujer a la altura de las croquetas? ¿Qué leches es un corolario, un medicamento para los ojos? ¿Siente Juan Cacho algo por Nieves o son solo gases? ¿Cómo es de gordo el cenicero que le robó a su madre? Todas y esas cuestiones quedarán respondidas, o no, en los siguientes fascículos de Las No Tan Vírgenes Casi Suicidas…



