Fascículo 1

// marzo 22nd, 2010 // El Pobrecito Hablador

Capítulo 1:

¿Dónde está nuestro error sin solución?

¿Fuiste tú el culpable o lo fui yo?

Ni tú  ni nadie puede cambiarme.

Tumbado en una hamaca, dos preciosas morenas vestidas con togas blancas me mecían suavemente, mientras una rubia angelical de largos tirabuzones masajeaba mis sienes, en círculos cada vez más placenteros. A mis pies, un coro de semidiosas semidesnudas cantaba a coro: «Juan, eres nuestro hombre, Juan, eres el más grande, Juan, Juan…»

–Juan, Juan…

–Hmmmm– La voz de Nieves acababa de talar las palmeras, mandar a tomar por culo la hamaca y espantar a todas aquellas bellezas que cantaban mis alabanzas, para mayor gloria de Juan Cacho, El Adonis Que Acababa De Echar Un Polvo.

El cuarto se encontraba entre penumbras, y la poca luz que entraba, atravesando  las estrechas rendijas de la persiana, venía escupida por las farolas que pespunteaban de naranja la calle. Poca luz, pero suficiente para entrever la silueta de Nieves, recostada sobre mi pecho. Tenía el pelo arremolinado, pegado a las sienes y a la frente, y la piel brillante por el sudor que empezaba a secarse; sus hombros, desnudos como el resto de su cuerpecito serrano, subían y bajaban acompasados al ritmo de mi respiración. Vamos, que si en ese preciso instante entraba alguien en mi dormitorio, a ver quien era el guapo que le convencía de que aquello no era lo que realmente parecía.

–¿Estás despierto?

–Nnnnnnnnnnnn –¿Por qué se hace siempre esa puñetera pregunta si lo único que pretendemos es asegurarnos de que la respuesta es un NO rotundo, y si no es así insistimos?

–Necesito saber algo. –Nieves hablaba mirando a los pies de la cama, sin girarse para mirarme,  como si me preguntara por lo que quería para desayunar la mañana siguiente, dejando las frases caer con una pizquita de tensión, la justita para que se me terminaran de abrir los ojos.

–Sí, claro, lo que quieras.

En esos momentos es cuando caes en la cuenta del desconocimiento absoluto por parte de las mujeres del funcionamiento del organismo del hombre. Existe una ley universal que afirma que  la capacidad cerebral del varón para coordinar pensamientos, responder a preguntas o seguir comportamientos lógicos es directamente proporcional  al tiempo transcurrido desde el último intercambio de fluidos. Las administraciones educativas deberían hacer el esfuerzo e incluir estas leyes y axiomas en los planes de estudios de todas las escuelas, institutos y universidades públicas. Sea cual sea el caso,  desde mi, perdón, nuestro último asalto sexual sólo habían transcurrido  unos escasos cinco minutos, así que la neurona que se había quedado de guardia bastante tenía con mantener mis constantes vitales en unos niveles aceptables, lo mínimo para no permitir que me meara encima, babeara descontroladamente y otras lindezas del mismo corte.

–¿Tú sientes algo por mí, verdad?

¿Eh? ¿Cómo? ¿Que si sentía algo por ella? No era el momento más apropiado para ese tipo de preguntas, quizás para algo menos complicado, como si deseaba repetir el asalto anterior o si me  acordaba del enunciado del Teorema de Gödel, pero para esto necesitaba mi más absoluta concentración.

–Pues…

–… porque yo sí que siento algo por ti, y me gustaría saber si te ocurre lo mismo.

Sólo en ese instante se incorporó en la cama, dejando caer su cabeza sobre mi hombro, mirándome con su carita de corderita degolladora. Se me había pasado todo el sopor de golpe, y pasé de un estado de coma post-coital a tener los ojos como dos plazas de toros. Si no mentía el despertador, y no tenía razones para hacerlo, cada parpadeo de sus cifras verdes fosforescentes me decía que eran las dos y media de la mañana, una hora perfecta para los anuncios de cremas hidratantes basadas en baba de caracol, pero no para estos asuntos. ¿Seguro que era el momento oportuno par abrir los corazones y dejar salir nuestros sentimientos más íntimos, así, sin  anestesia ni nada?

¿Sentirá algo por ella? ¿Qué coño es el Teorema de Gödel? ¿Por qué este tío siempre empieza sus aventuras en la cama? ¿Terminará de despertarse o necesitará que le echen un cubo de agua por la espalda? Todo eso y mucho más en el SEGUNDO FASCÍCULO de LAS NO TAN VÍRGENES CASI SUICIDAS…

One Response to “Fascículo 1”

  1. Landahlauts dice:

    Cuando más relajadas estaban las defensas… se produjo el ataque….

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