Monólogo (ii)

// Agosto 23rd, 2009 // El Pobrecito Hablador

Si hay algo que nos diferencia a los hombres de las mujeres es la percepción, el uso y disfrute de nuestros sentidos.

Por ejemplo, la vista de la mujer está mucho más desarrollada que la de los hombres; si no, cuando pase una muchacha a tu lado, de esas que hacen que se te salgan las bolillas de los ojos, o cuando la actriz que se te aparece en tus sueños salga en televisión, verás como ella comenta: “Sí, muy mona, pero tiene unas patas de gallo enormes…” o “Anda, pero no has visto las ojeras que tiene, si son como dos bolsas de las grandes del Ikea…” Y todo eso tú has sido incapaz de verlo, porque tu visión no va más allá de la superficie. Además, qué leches te importan a ti las patas de gallo o las ojeras. Ojeras las que tendrías si la pillaras, anda que  no.

O si no, ahí están los colores. Un día mi mujer me pidió una cosita:

“Cari, tráeme la blusa malva”

Ahí queda eso. Después de traerle, una tras otra, todas las camisas que colgaban dentro del ropero, incluyendo las mías, me enteré que el malva es como el morado, pero con más lavados. Y es que para los hombres los colores  son, digamos, unos cinco o seis, diez a lo sumo. Y un hombre no sabe diferenciar el rojo sangre del burdeos, ni falta que le hace. Nosotros sabemos lo que es rossonero, blaugrana o merengue, y punto pelota.

Incluso a la hora de las apreciaciones totalmente objetivas, nuestras diferencias son abismales. Aquí hay que tener un cuidado extremo. Imaginemos esa situación en la que ella, tras pasar una hora quitándose y poniéndose vestidos para una cena con amigos, sale del baño y te dice: “Cari, estoy más gorda, ¿verdad?”

CUIDADO. Esta es la típica pregunta trampa de la que no podremos salir, sea cual sea la respuesta. Porque si respondemos: “Sí cariño, estás más gorda”, nos puede caer una encima de las de órdago. Y si respondemos que no, también nos caerá la bronca, porque ella responderá: “Claro que lo estoy, lo que pasa es que ni me miras”.

Así que, queridos amigos, la táctica a seguir no es salir corriendo y no parar hasta Irún, sino responder con otra pregunta, algo así como “¿De  veras crees que estás más gorda?” De esta manera, dejaremos que sea ella la que se responda, y evitaremos cualquier tipo de reproche, mirada asesina o golpe con el pico de la plancha en las sienes.

Otra cuestión que nos separa de ellas es su particular percepción del espacio. Tú, inocente y desprevenido, le preguntas a ella dónde está guardado ese cable del ordenador que quitaste porque pensabas que no servía pero que luego te has dado cuenta de que no puedes vivir sin él. Y ella te responde, tan tranquila: “En su sitio”. Joder, su sitio es al lado del ordenador, y ahí no está. Y entonces es cuando ella ataca con toda su artillería, la pesada y la ligera: “Claro, como tú no guardas nada, lo vas dejando todo tirado ahí en medio…” Falso. Eso es mentira. Si viviéramos solos y alguien nos preguntara donde está el puñetero cable, responderíamos sin duda alguna que está en el segundo montón al lado de la cama, bajo el paquete de folios, justo a un palmo del montón de  colillas. Joder, no tiene pérdida. Pero llegan ellas ordenándolo todo, guardando cada cosita en su preciso y justo lugar, que luego resulta ser el tercer cajón, el que ella llama “Cajón de las tonterías”. Porque todo lo tuyo son tonterías, nada que ver con las tres brochitas de maquillaje, las quince limas para las uñas, joder, más limas que uñas…

En fín… Quizás mañana hable de las mujeres. Si encuentro el portátil antes de que ella lo guarde en su sitio.

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